Ya usas la inteligencia artificial. Le preguntas cosas, te responde, copias, pegas, retocas. Y le estás sacando, siendo generosos, un diez por ciento. Y en el fondo, lo sabes.
Mientras tú peleas con ella, alguien de tu sector —probablemente peor que tú en lo suyo— ha automatizado media empresa. No es más listo. Tiene un sistema. Tú tienes un chat.
Y no es culpa tuya. Es que nadie te ha enseñado la diferencia. Le pides un email y da vergüenza enviarlo. Le pides ideas y son las de todo el mundo. Y llegas a la conclusión lógica: "esto no es para mí, es cosa de informáticos". La IA no es mediocre. Mediocre es la instrucción que le das. Y eso se arregla en una tarde.
Mientras tanto, sigues haciéndolo todo tú. El informe del mes: tres horas. La propuesta: dos. Leer el contrato antes de firmar: otra hora que no tienes. Son tareas de doce minutos con el sistema montado. Haz la cuenta de tu mes. Duele, ¿verdad?
Los aplausos eran reales.
El saldo de mi cuenta, también.
Déjame que me presente, porque vas a decidir si me das tu dinero y tu tiempo, y mereces saber quién te habla. Soy actor. He hecho teatro en el Centro Dramático Nacional y en el Teatro Español, y sigo haciendo televisión. Actuar es de lo mejor que sé hacer. Pero durante años acepté el trato que te venden con las cosas que amas: hazlas por amor y reza para que paguen. Los aplausos eran reales; mi cuenta corriente iba por libre.
En paralelo, desde 2012, me saqué una ingeniería informática —entre castings y trabajos de mierda, que de eso también sé— y después un máster en marketing digital. Y llevo desde entonces dando formación en colegios oficiales: por mis aulas han pasado decenas de miles de alumnos. Hoy enseño IA, analítica y competencias digitales en formación oficial: CEF para el SEPE, organismos oficiales, universidad. Vamos, que esto no lo aprendí el mes pasado en un hilo de Twitter.
Un día me cansé de tener la vida partida en dos: lo que soy por un lado, lo que paga por otro. Decidí ganar dinero con las cosas que me gustan. Con todas. Y la última frontera fue esta: me pillé enseñando a automatizar con IA… mientras mi propio marketing lo hacía a mano, como un pardillo. Me apliqué el cuento.
¿El resultado? El dinero dejó de ser un tema en mi casa. Hoy digo que no a papeles que no me interesan y a publicidades que antes habría firmado sin leer —y si conoces este oficio, sabes que para un actor decir que no era ciencia ficción—. Y este verano, en vez de llevar a mi hija a la piscina de todos los años, me la he llevado a una isla griega. No te lo cuento para presumir. Te lo cuento porque la diferencia entre aquella cuenta corriente y esta no es el talento —el talento es el mismo—. Es el sistema.
Sigo actuando, y pienso seguir: si mañana me llaman para un Hamlet con un director de los grandes, allí estaré. La diferencia es que iré porque quiero, no porque me salve el mes. Y esa libertad de elegir es exactamente lo que quiero para ti y tu negocio.
¿Sabes por qué te doy 12 meses de actualizaciones? Porque dentro de 12 meses no me vas a necesitar.
Quizá antes. Y eso es exactamente lo que quiero: que montes el sistema, que vueles solo y que hables bien de mí. Mientras tanto, la IA va a cambiar cada mes —y los cursos grabados en 2024 ya son fósiles carísimos—. Este no: este curso se actualiza como tus apps. Cada mes lo reviso, añado lo nuevo que de verdad importa, y tú tienes un año entero incluido. Un curso de IA congelado es un curso de historia.
Este curso NO es para ti si…
- buscas hacerte rico con la IA sin trabajar. Eso no existe, y quien te lo venda te está mintiendo.
- quieres teoría sobre redes neuronales. Aquí se monta, no se filosofa.
- crees que tu tiempo vale menos de 87 €. En serio, no lo compres. Sigue haciendo tus informes a mano. Sin rencor.
Para todos los demás: aquí abajo tienes el temario, el precio, y una garantía donde el que arriesga soy yo.